Kursk, otro submarino nuclear en el fondo del mar



A pesar del tiempo transcurrido desde que el submarino nuclear ruso Kursk se viera afectado por el accidente que lo dejó atrapado en el fondo del mar en una situación dramática para sus ocupantes, aún no sabemos que es lo que verdaderamente le ocurrió para llegar a tal situación.

A la falta de información debida directamente a la pérdida de comunicaciones con el Kursk, se une el típico secretismo e intencionada desinformación típicos de los asuntos militares y nucleares. Debido a que utilizan reactores nucleares para su propulsión y a que transportan armas atómicas, un accidente en un submarino nuclear siempre tiene grandes posibilidades de provocar un serio problema medioambiental.

En este caso, de ser ciertas las informaciones transmitidas por la armada rusa, el Kursk no transportaba armamento nuclear, lo que sin duda es motivo de alivio. Según estas mismas fuentes, los dos reactores nucleares que lleva a bordo para su propulsión no han sufrido daños. Al parecer, los reactores iniciaron un proceso de desconexión automático tras suceder el evento desencadenante del accidente que inutilizó el submarino, sea este el que fuere.

Este hecho habría evitado que se produjese desde el primer momento una liberación catastrófica de radiactividad al medio marino, lo que por ahora parece confirmarse ya que las autoridades noruegas no han detectado ningún aumento significativo de radiactividad en la zona.

Todavía no podemos decir que estemos libres de riesgo en ese sentido. En una parada de emergencia, como la que han sufrido los reactores del Kursk, éstos requieren refrigeración adicional. Parece confirmado que el Kursk se encuentra sin suministro eléctrico. Esto significa que tampoco hay medio alguno de provocar la necesaria circulación del agua para refrigerar el circuito del reactor. Será pues necesario confiar en el sistema de circulación natural del agua que incorporan los submarinos del tipo del Kursk. Mientras este funcione, podrá descartarse el riesgo de que se produzca una explosión, y con ello, la posibilidad de una liberación masiva de radiactividad al medio marino.

Cuando se pueda descartar este escenario de accidente, tendríamos que pensar en otro. Si se opta por no reflotar el submarino y dejarlo donde está y como está, con sus reactores nucleares a bordo, es lógico esperar que finalmente se produzca una fuga radiactiva. Aunque ello no suceda inmediatamente, existe la posibilidad de que suceda a corto o medio plazo, especialmente en este caso, en el que la integridad estructural del submarino ya está amenazada. En esas circunstancias el Kursk es una auténtica bomba de tiempo para el medio ambiente marino.

Los rusos tienen la obligación de hace todo lo posible para impedir esa situación, en cumplimiento de los acuerdos internacionales, y deben intentar reflotar el Kursk y llevarlo a puerto. El hecho de que el Kursk se encuentre hundido a tan sólo 100 metros de profundidad, en los ricos caladeros de pesca del Mar de Barents, es un riesgo adicional de contaminación radiactiva de las cadenas tróficas y por tanto de que pueda terminar teniendo un impacto muy negativo en los ecosistemas, y en la salud pública y en la economía de los países vecinos. Si no se intenta recuperarlo, el Kursk se unirá a los otros cinco submarinos que permanecen en el fondo del mar.

Para Greenpeace, este accidente, así como el sufrido por el submarino nuclear británico Tireless el mes de mayo pasado, son nuevas advertencias del riesgo que conlleva nuclearizar el mar.

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